lunes, 19 de noviembre de 2018

Ángel.


ÁNGEL:

I.

El blanco de las prendas de puro algodón relucía como oro en la oscura sala de mármol. Un tanto alejada, una bonita forma geométrica surcaba el suelo llevando agua clara; impasible cruzaba más de la mitad del pequeño sótano y su murmullo, sin embargo, llenaba todo el recinto muchísimos metros más allá, inquietante y rítmico.

Con sumo cuidado se deshizo de los tejanos y la camiseta, los dobló con pulcritud enfermiza y los dejó junto al cojín. En sólo tres pasos cubrió la distancia que le separaba del agua y comenzó a entonar los versículos que le habían enseñado mientras sumergía lentamente las manos en el líquido, que se teñía de rojo al contacto con su piel tostada. Las dulces notas de la salmodia desentumecían el aire viciado del cuarto. Sus dedos empezaron a frotar el resto del cuerpo hasta que un charco purpúreo cubrió las baldosas del pavimento a su alrededor.

Se dio la vuelta y tomó entre sus manos los níveos ropajes. Desdobló lentamente la camisa y los pantalones y, como fin a sus cánticos, se vistió de nuevo.

Ahora no importaba el principio, y él no estaría para contemplar el final.

Ahora importaba el momento.

Sólo 30 minutos fueron suficientes para llegar al paraíso. Una explosión y las puertas de la luz se abrían al guerrero que entregaba su vida al gran Dios. Fuera, la sangre y el polvo cubrían los ojos de Angie que miraba sin comprender cómo, de pronto, al entrar en el lavabo, un ángel blanco había hecho estallar todo a su alrededor, y no alcanzaba a entender tampoco cómo ese ángel, sin siquiera cogerla de la mano, le había separado de su cuerpo y la hacía flotar en rápida ascensión junto a otros muchos más sin rumbo a ninguna parte, al futuro, al recuerdo. Angie quería preguntar al ángel: ¿Por qué me has traído contigo? ¿Por qué nos has traído a todos aquí? Pero de pronto la luz de lo eterno le cegó y no pudo articular palabra alguna, mientras el ángel, con una sonrisa encendida llena de llanto ascendía más allá de las estrellas, más allá del infinito, más allá de donde toda conciencia es capaz de imaginar.

II.

  • Pero... ¿Y si fuera cierto mamá?
  • No Abdel, no es cierto. Debes creerme ¡No hay ningún dios! Las personas creen en dios como aquél que les librará de todo mal, sin saber que el mal nace con ellos y ya es parte de su ser. Creen en ese sueño y lo idealizan hasta el punto de perder la razón y matar, morir por él. ¿Quieres eso para ti Abdel? ¿Es eso lo que quieres?
  • No.
  • ¡No agaches la cabeza Abdel! Dime ¿es eso lo que quieres?
  • No madre, no lo quiero.

Pero... ¿y si fuera cierto?

  • ¿Dónde está padre?
  • Abdel, estoy ocupada.
  • Pero madre, ¡necesito saberlo!
  • Está lejos, Abdel, muy lejos.
  • Madre ¿si rezo a Dios lo traerá de vuelta?
  • Abdel, Dios no existe.
  • ¡Sí existe, madre! ¡Yo le he hablado, y sé que me escuchó!
  • Abdel, vete.

De pronto se encontraban en la mezquita. Luces y sombras entrelazadas jugaban con el polvo suspendido en el ambiente. Notas y notas danzaban según un curioso ritmo inexistente y penetraban en su mente hasta sumergirle en el estado límite entre la consciencia y la inconsciencia. En ese instante en que todo parecía desdibujarse mil sentimientos azotaban su cuerpo con fuerte intensidad. Amor, odio, pasión, duda, devoción, fe...

Muchas veces, miles, Abdel acudió lleno de dudas a su madre, su único pilar, y con el tiempo. Acostumbrado a las negociaciones constantes y el rechazo, Abdel dejó de preguntar. Algunas cuestiones las resolvió solo, otras las dejó a merced de su imaginación, y otras las olvidó, nunca existieron.

Y de la noche a la mañana Abdel ya no necesitaba saber, ya sabía. Ya no era un niño asustado a la deriva de una vida sin sentido, dependiendo de circunstancias que no podía controlar.

Pronto, Abdel desplegó las alas y comenzó su vuelo, un vuelo que duraría tanto, y tan poco. Ángel del olvido siempre voló solo. Olvidaba; olvidaba hasta mimetizarse con el propio olvido, hasta ser incapaz de recordar quién era, qué quería, y fijó una única meta en su memoria diezmada y derruida, y se aferró a tal esperanza hasta convertirla en su vida, y nada más era importante, nada más existía, todo lo demás era polvo, viento y polvo.

En el viento navegaba. Jerusalén le vio crecer siete años de su existencia. La historia le hablaba en cada piedra, susurraba, contaba triste el momento en que la humanidad decidió luchar por lo más sagrado. Lentamente, relataba cada muerte y cada vida, cada rey, cada soldado, caballero, escudo, espada quebrada con sangre derramada tiñeron su orgullo y su nombre y así, una misma idea dividida convirtió tal lugar en una extensión del mismo infierno.

¿Nunca has observado el vuelo del gorrión? Temprano, siempre, cantan, vuelan, cantan, vuelan...
¿Nunca has explorado todos los olores de un amanecer? Fresco, nuevo, y diferente cada día, hermoso hasta rozar lo divino, irreal...
¿Nunca te detuviste a escuchar la noche? Cientos de lugares se transforman y otra ciudad se despierta mientras duermes. El silencio recorre nuestras calles y las cura del frenesí del día pasado.
¿Nunca has pensado qué ocurrirá después? Cuando todo acabe, un suave anochecer, lento y sereno, elevando tu silencio hasta un murmullo imperceptible muy sonoro, elevando tu alma de elegantes tonos coloreada hasta la estrella más lejana que es tu sitio, que es tu fin.

No solía suceder, pero a veces, Abdel descuidaba su conciencia y el recuerdo de las palabras de su madre transformaban su resolución en un simple sollozo aunque, por desgracia para muchos, nunca duraba.

Nadie reparaba en él, triste, sin sentido, bondadoso ángel caído, esperaba y planeaba su muerte en el férreo silencio en el que todo sana y todo queda. Despreciaba las palabras, tan banales, tan frágiles y olvidadizas, así como a los humanos que las utilizaban tan irresponsablemente, tan a la ligera. Una de las pocas cosas que recordaba Abdel de su padre es que pocas veces le oía hablar. Al preguntarle por qué, él le respondía: “Nunca hables si no puedes mejorar el silencio”.

Ángel de oscuridad, su esencia tenía origen en un lugar mucho peor que el infierno o el cielo. Su mal, tan profundo, oscurecía corazones a su paso, se colaba por rendijas y orificios, bajo las puertas, por una ventana abierta. Sus ojos te atrapaban en su cruel vacío insondable. Su figura angelical traía muerte y daño, y mientras tanto, un resquicio de luz asomaba ya en las puertas del firmamento.

Negro impenetrable. Ángel de la noche, ángel del miedo, su conciencia reducida a cenizas ya no tenía cabida en su mente. Hacía tiempo que había ahogado la voz de su madre con sangre, y ya estaba preparado.

III.

Un cielo congestionado de nubes oscurecía aquel día la mortecina luz que aún podía apreciarse en esa época del año. Hay quienes se sienten seguros en medio de una gran multitud, ese era el caso de Angie. Un par de años antes aún se mostraba reticente a las grandes masas, hasta que una peligrosa confianza se instaló en su mente y por fin le concedió a su hija el deseo de conocer el centro. Ellas vivían algo alejadas de la verdadera ebullición de la sociedad, y su hija desde los 4 años añoraba poder descubrirla. Ahora lo haría. Tan solo el placer que la embargaba al mirar sus ojos asombrados rebosantes de júbilo compensaba cualquier miedo que ella pudiera tener.

Angie observaba a su alrededor con tanta fruición que parecía querer memorizar cada ladrillo de cada edificio que veía pasar. Pronto llegaron a su destino: una altísima construcción enteramente de vidrio y metal se alzaba ante ellas. Las vigas atravesaban el cristal hermoso tan frío y céreo como los rayos de sol rasgan una noche sin estrellas, hermosos cabellos de plata prendidos en un refulgente mar de transparencia. El mayor almacén de juguetes de toda la zona se le antojó demasiado imponente, alto e inerte, aunque este pequeño detalle solo supuso un sabor agridulce para su deleite.

Las horas pasaban por delante de Angie sin apenas darse cuenta. Había visto todos los juguetes que ni siquiera imaginaba que pudieran existir. Juguetes de todos los tamaños, marcas, colores, funciones. Juguetes electrónicos, juguetes con motor, juguetes con pilas y la planta en la que más se detuvieron: muñecas. Todo un pasillo inmaculado, saturado de impecables estanterías blancas se extendía hasta casi perderse en un horizonte colmado de falsas sonrisas tejidas. Sería cruel hacerle escoger, pero, o eso esperaba su madre, Angie no tendría problemas. Rápidamente guió a su madre entre los estantes para dirigirse directamente a la zona donde ese color rosa tan discriminatorio desaparecía. Una suave sonrisa se dibujó en sus labios. Soltó su mano y empezó a caminar muy despacio por la galería. Sus dedos se detenían a menudo en algunas para tocar los cabellos, mirar sus ojos o palpar vestidos. Al poco tiempo regresó. La muñeca que había elegido era realmente sencilla, pero no por ello menos hermosa, con un vestido azul como sus ojos y un largo cabello de hilo negro.

  • ¿Esa te gusta?
  • Esta.

Sacudió enérgicamente la cabeza en señal de aprobación y abrazó el juguete con fuerza. Se dirigieron hacia los servicios. “El viaje de vuelta será largo”, pensó la madre de Angie.

  • ¡Entro yo sola mami!

Percibió con una mezcla de orgullo y gracia el tono de reproche de su voz. ¡Quería hacerse grande tan rápido! Pero se sentó dócilmente a esperarla. Vio extrañada cómo se detenía en la puerta. Miró por encima del hombro. El desconcierto recorrió cada poro de su piel. Allí, frente a Angie, el ángel de la muerte se alzaba blanco y amenazador. Un intenso zumbido acribillaba sus oídos.
Supo que era tarde y, sin embargo, corrió desesperadamente hacia ella, para que, en apenas un instante, una fuerte barrera de aire caliente la impulsara hacia atrás, lejos, muy lejos. Al levantar la cabeza, la madre de Angie vio su propia consternación reflejada en mil ojos más. Veloz llegó junto a los lavabos, pero sólo sangre y polvo aguardaban cruelmente allí.

Mucha más gente lloraba; muchos miraban aterrorizados la masacre a su alrededor; muchos habían muerto; muchos estaban heridos, pero nadie gritó como lo hizo ella, y ese grito se coló en cada esquina de aquél maldito edificio, penetró en los oídos de cada persona que observaba con desconcierto a su alrededor, congeló los corazones de todos aquellos que sonreían por encontrarse ilesos. Paralizo el mundo; el cielo y el infierno se estremecieron; todo se sumergió en un extraño silencio.

Su corazón simplemente parecía haberse detenido también. Allí yacía la sombra de todo lo que en esta vida le era importante, el murmullo de un amor extinto y enterrado. Sólo sangre, sangre ajena también, mucha, pero la madre de Angie sólo podía mirar, con ojos difuminados por las lágrimas que acudían inexorablemente a ellos, una pequeña muñeca azul destrozada, cubierta de polvo, cubierta de miedo y de dolor, cubierta de rabia. Dolor en intensidad superlativa, angustia al vacío pues... ¿qué quedaba sino un tremendo vacío? Un gran abismo se extendía por su corazón ennegreciéndolo a su paso. La inexpresión empezó a ocultar cada contracción de daño de su rostro hasta quedar tan solo un gesto que quitaba el aliento, pues nada de humano quedaban en ella, y así seguiría largo tiempo, hasta que las líneas de la edad agrietaran su carne y el tiempo saldase su cruel deuda. Su existencia solo era ahora un triste presente perverso.

Ahora dos ángeles, uno de la noche, uno de la luz, suben juntos de la mano hacia lo incierto. Ahora una vida arrebatada reclama con un grito su lugar en el paraíso. Ahora todo acaba. El día ve su final con un cielo de tonos rojo atardecer. El sufrimiento empaña los fríos cristales de cada hogar que no volverá a ver a su ser querido. Y el día acaba, ajeno a todo. El sol cae, las sombras se anuncian y el sueño se abraza con fuerza a los corazones que sangran. La muerte encuentra su apogeo en el estremecer de tantas vidas y el silencio recorre de nuevo las calles. Ni rastro del bullir de la vida.

El blanco de las prendas de puro algodón relucía como oro en la oscura sala de mármol...

miércoles, 9 de mayo de 2018

Muros.

Algo que se ha mantenido durante todos estos años de ir y venir y de cambios en mi punto de vista ha sido precisamente la sensación de golpear mi cabeza contra un muro de ladrillos (o de hormigón armado en el peor de los casos). A veces contra muros fuera de mí y otras veces contra muros dentro de mí. Últimamente me duelen menos estos golpes contra muros interiores por haber asumido que van a estar ahí un buen rato, si no para siempre. Encontrarte con otras personas, en el 99% de los casos hombres, que no entienden en absoluto la problemática de género tal y como yo la veo, que no son (somos) capaces de reaccionar ante ningún tipo de agresión o comportamiento violento derivado de nuestros privilegios, que no comprende el hecho de que efectivamente por haber sido educados hombres tenemos privilegios... me hace sentir golpeandome contra el muro. Siento que nos volvemos locos intentando justificar cosas que no son justificables si las aplicamos a otras cuestiones. Nadie habla con tanta ambigüedad de anticapitalismo o especulación como se habla de antisexismo en la mayoría de los círculos en los que me muevo. Siento que a pesar de décadas de feminismo todavía no hemos asimilado apenas nada de la profundidad de su discurso. Aún nos tomamos el feminismo como algo de lo que nos debemos defender, y no como lo que es, un discurso liberador.

Es una manera simple y tonta de explicar algo que en realidad sé que es muy complicado... Pero en fin, que la triste realidad es que aunque discursivamente podamos decir "ya no somos hombres" y quedarnos tan anchos, en la realidad empezamos a golpearnos, a golpearnos esta vez contra nuestros muros adentro, que sólo veremos si miramos bien, pero que están, vaya que si están, y no se van a derribar solos.

Me cuesta a veces creerme todo lo que queda de hombre en mí. Es siempre mucho más de lo que me esperaba. Y no pretendo caer en la paranoia y la flagelación cristiana con este tema. Es sólo que bueno, exceso de confianza en uno mismo (muy masculino por cierto), siempre acabo pensando que ya está, que ya lo he hecho, que he cambiado. Como si estuviera engañando a mi psicólogo o alguna mierda así. Y vaya, día tras día, las situaciones, los sentimientos, personas cercanas, la gente alrededor... me van enseñando cuántas veces más la puedo cagar aún. Cuantas veces más puedo mirarme y ver cosas que no me gustan. Y no me torturo por esto, al contrario, saber que te quedan cosas por hacer, por cambiar, significa para mí saber que sigues vivo, que la sangre corre y el Sol está ahí cuando te levantes para ayudarte a entender nuevas cosas a las que a lo mejor antes ni siquiera habías mirado. Esto es vivir para mí.

domingo, 17 de septiembre de 2017

¿Vivir?

No sé si estamos hechos de polvo de estrellas, esa es solo otra frase de filosofía en tarros para mí.

No sé si esta vida tiene un sentido profundo y trascendente. La vida solo es como un delirio distópico para mí desde hace demasiado tiempo.

No sé si el ser humano es bueno por naturaleza, o si el ser humano es incomprensiblemente estúpido para mi desde hace demasiado tiempo.

No sé si existen los milagros, pero ser capaz de levantarme cada día y seguir luchando me parece algo muy parecido.

No sé si existe el amor, o hace tiempo que olvidamos ese concepto en su significado original y todo lo que tenemos ahora es una mera copia perversa de lo que un día fue.

Si muriese ahora mismo para regresar a las estrellas sentiría que pasé mi vida injustamente encadenado a obligaciones asfixiantes sin retribución, aferrado a la esperanza absurda. Si muriese para volver a las estrellas ¿Podría abrazar de nuevo todo aquello que perdí por el camino, todo aquello que ni siquiera llegue a tener como deseaba?

Morir es fácil, vivir es recorrer una cuerda desatando nudos. Vivir es desenredar los cascos de la existencia.

Vivir constantemente tan lejos del mundo y tan cerca, renunciando a tanto por tan poco, perdiendo tanta vida, es un acto inexplicable de fe.
Como creer que el alma viaja en las estrellas a lugares llenos de luz.
Como creer que un día todo tendrá sentido.
Como amar sin reservas.
Como vivir.

martes, 20 de junio de 2017

Siempre nos quedara el arte...

¿Qué me está pasando? ¿Me estoy volviendo loco? ¿Soy un ser humano disfuncional? 

No consigo adaptarme a esta dinámica social, no consigo entenderla, no consigo ser feliz, no consigo dar respuesta a mis preguntas: ¿Somos los seres humanos criaturas "evolucionadas"? Poseemos un raciocinio superior al del cualquier ser vivo que nosotros conozcamos, es algo que tenía por seguro pero...¿Esa mente superior es tal si no se usa para nada?

Vivo atrapado en la distopia, observando impotente como todo empieza a arder en llamas invisibles, como nuestra supervivencia como especie empieza a estar seriamente cuestionada, como llegará un punto de inflexión que terminará en la extinción total o la salvación. En las ultimas semanas he hablado mucho con mi reducido entorno próximo sobre el interrogante que me inquieta mas que ninguno ¿Merecemos esa salvación, una vez llegado el momento que inexorablemente se acerca? ¿Esto es todo de lo que somos capaces con nuestras grandes mentes? ¿De arrasar, odiar, matar, generar tanto dolor, sobreexplotar y destruir cada lugar por donde pasamos?

En medio de esta oscuridad alguién me recordó algo, algo que casi había olvidado, algo que parece diluido entre tanto horror. Que existe una parte de nosotros, una parte que se antoja pequeña e insignificante pero existe, capaz de crear una belleza inigualable. 

Es un cliché, tal vez, intentar aferrarme a la capacidad del ser humano para crear arte, música, belleza, como argumento de autoconvencimiento de que aún hay algo en esta especie que merece la pena pero...cuando miro ciertos cuadros, cuando escucho ciertas piezas, cuando leo a ciertas mentes que aún no han perdido la empatía y la capacidad de amar, me inunda una sensación que me cuesta describir: Me siento en paz, en mi cerebro se disparan millones de lucecitas de auténtico disfrute, admiración por las personas capaces de crear tanto, y tan único e irrepetible como un segundo en el tiempo. 

Es esa sensación a la que intento aferrarme.

Existe esa típica frase de filosofía en tarros: El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor...Pues no estoy seguro, de momento como conjunto solo estamos demostrado ser capaces de lo peor. Pero hay seres humanos, casos individuales, que SI son capaces de lo mejor, tal vez los menos, tal vez una minoría destinada a desaparecer, pero existen, y mientras existan, tal vez haya esperanza...tal vez. 

Mientras permanezcamos aquí observando el principio del fin, cuando la misantropía mas extrema me invada pensaré: Siempre nos quedará el arte.

sábado, 25 de marzo de 2017

Historias.

"Hace siglos, los marineros en los viajes largos solían dejar una pareja de cerdos en cada isla desierta. O bien dejaban una pareja de cabras. En cualquier caso, en sus visitas futuras, la isla los aprovisionaría de carne. Se trataba de islas prístinas. En ellas vivían razas de pájaros que no vivían en ninguna otra parte de la tierra. Sin enemigos, las plantas que había allí evolucionaban sin espinas ni veneno. Sin depredadores ni enemigos aquellas islas eran paraísos.
La siguiente vez que los marineros visitaban las islas, solamente encontraban manadas de cerdos o de cabras.
Ostra está contando esta historia.
Los marineros llamaban a esta práctica "sembrar carne".
Ostra dice:
-¿Os recuerda esto a algo? ¿Tal vez a la vieja historia de Adán y Eva?
Mira por la ventanilla del coche y dice:
-¿Os preguntáis a veces cuando va a volver Dios con un montón de salsa barbacoa?

[...] Fuera hay alguno de los grandes lagos, con agua hasta el horizonte, sin nada más que mejillones cebra y lampreas. El aire apesta a pescado podrido. 
Desde que remodelaron el canal de Welland en mil novecientos veintiuno para permitir que pasaran mas barcos por las cataratas del Niágra, dice, la lamprea de mar ha infestado todos los grandes lagos. Son parásitos que chupan la sangre de los peces mas grandes, la trucha y el salmón, y los matan. Entonces los peces mas pequeños se quedan sin depredadores y su población se dispara. Entonces se quedan sin plancton para comer y mueren a millones.
- Estúpidas alosas- dice Ostra- ¿Os recuerdan a alguna otra especie?
Dice:
- O bien una especie aprende a controlar su población o algo como la enfermedad, el hambre o la guerra se encargan del asunto.

Ostra mira por la ventana del coche y dice:
- ¿Nunca os habéis preguntado si tal vez Adán y Eva eran los cachorrillos que Dios abandonó porque no aprendían a hacer sus necesidades como era debido? "

Texto extraído de "Nana", Chuck Palahniuk.

miércoles, 15 de febrero de 2017

¿Qué es lo que te pasa?

Es el preciso momento en el que fui capaz de ahogarme en una lágrima de dolor.

Es el preciso instante en el que me hundí hasta el núcleo sólido de la Tierra y volví a reflotar como el Dr. Keyes a bordo de la Virgil.

Es el momento en el que el amanecer se volvió rutinario, señal nefasta del comienzo de otro día idéntico al anterior, y también al siguiente.

Es el instante de incomprensión de las personas que forman el mundo y las levedades en las que fundamentan su existencia.

Es la cantidad exponencial de humanos-no humanos consumidores de oxígeno y carne, productores de nada, pensadores de nada, con todo el sentido nihilista del asunto.

Es la mujer que llama radical a otra mujer por pedir la igualdad y la libertad para ella y para todas sus hermanas, la alienación que se perpetua.

Es el hombre que me da lecciones de todo porque asume como verdad universal mi inferioridad e ignorancia holística al tener un pensamiento diferente al suyo.

Es todas las veces que no pude creer en mí porque tengo una autoestima infinitesimal, como tú, como la gran mayoría de personas a las que les ha tocado vivir esta era.

Es todas las lágrimas que derramé por sentirme solo, por miedo a estar solo, o por no poder sentirme completo sin esa otra persona.

Es el aprendizaje largo y complejo, consciente y profundo que tengo que hacer cada día para controlar toda la mierda que el patriarcado ha implantado en mi manera de pensar y de sentir.

Es el obrero que trabaja de Sol a Sol pero se acuesta pensando que forma parte de una clase social privilegiada porque tiene dinero.

Es la masa de personas que creen de verdad y firmemente que todos podemos ser millonarios y famosos si luchamos por nuestros sueños.

Es la gente que idealiza esa lucha, y se olvida de que todas las luchas son caminos en los que se pierden cosas. En los que se pierden cosas que no se recuperan nunca.

Es la involución anestésica generalizada contra nuestro hogar, la Tierra, y contra las únicas criaturas nobles que quedan en este cochino mundo, los animales.

Es que los viandantes estén mucho mas dispuestos a darle dinero a los miles de servicios absurdos de entretenimiento que nos ofrece el capitalismo para aletargarnos, que a darle comida al hambriento o cobijo al necesitado.

Son las personas que hacen eso último por caridad y no por justicia social.

Es la persona que presencia y sufre la injusticia pero sucumbe al miedo cuando se trata de luchar, de protestar, de molestar, de decir lo que está mal, lo que nadie quiere oír.

Es el inmovilismo, la apatía, la anhedonia.

Es las ganas de dejarlo todo y huir a Marte, para luego pensar que las colonias de Marte las establecerá la NASA y tan sólo se trasladará el capitalismo destructor y la estupidez humana a un nuevo planeta que explotar hasta que no quede nada.

Es el síntoma de un mundo enfermo...

Lo que hace que pase más de la mitad de mi tiempo cabreado.

Y quién sea capaz de levantarse con una sonrisa cada mañana y estar siempre de buen humor, necesariamente ignora algo de todo lo anterior.

viernes, 20 de enero de 2017

Visiones.

Eran caballos con alas. Estaban en las farolas, en la luz del escritorio y en los bordillos de las aceras de las calles impares del barrio de Persh Square. Estaban en el café de la mañana aunque no en el del almuerzo. Estaban sobre el hombro de la secretaria, y en el regazo del señor Louis, del quiosco de la esquina.

Por supuesto no eran reales, pero estaban ahí, como el remanente de una pesadilla macabra. A Amanda le producían la misma sensación de confusión que un sueño muy realista, de los que al despertar dejan un trazo en tu mente, como la estela de un avión. De los que tardas unos minutos en asegurarte de que nada ha ocurrido de verdad.

Se había pasado toda su vida intentando discernir lo real de lo irreal. Estaba acostumbrada. Ignorar esos caballos era casi como respirar. Lo difícil era vivir sabiendo que su mundo y el mundo real no eran para nada un mismo concepto.

Se acostaba todas las noches y se levantaba cada mañana, esperando ver lo mismo que las demás personas, pero nunca era así, ella veía más allá de lo cotidiano. Caminaba con calma y con los ojos bien abiertos, observando cada milímetro del mundo, para no perderse ningún detalle de él, de un universo que nadie parecía comprender. Pero no vivía con miedo, de hecho se sentía bien al saber que su mente era poderosa y se movía libremente y eso es lo que atemorizaba a quien se acerca a ella. Al menos era así la mayor parte del tiempo.

En realidad no estaba segura de sentir nada al respecto. Sentir era tan complejo que intentaba evitarlo en la medida de lo posible. Al fin y al cabo era totalmente incapaz de mantener una relación normal con nadie. Recordaba a Dave como si fuera ayer. Era un chico callado pero alegre, transmitía paz y armonía. Cuando paseaba a su lado le gustaba cogerle de la mano con delicadeza, y de vez en cuando susurraba: “Eres preciosa”. No era hombre de muchas palabras, es cierto, pero todas las que escogía creaban un efecto maravilloso, que no se devaluaba ni perdía el sentido por culpa de la repetición.
No duraron mucho juntos. Al principio solo veía algunos insectos que revoloteaban y se posaban sobre sus hombros. Un día mientras almorzaban en la cafetería de la señora Thompson, una mosca se posó sobre su ojo y comenzó a acariciarle la pupila con sus patitas hiperactivas. Pronto fueron cientos de moscas. Después la cara de Dave comenzó a descomponerse, hasta el punto de hacer visibles los huesos de la mandíbula. Amanda tuvo que salir corriendo sin dar ninguna explicación, y le costó al menos dos días reunir el valor suficiente para volver a verle. Por desgracia la visión no había revertido, Dave, su hermosísima mandíbula cuadrada y sus ojos azules como el granizado de las ferias se desintegraban de podredumbre ante sus ojos.

Es evidente que no fue capaz de verle nunca más. Años más tarde Amanda leyó en el periódico local que Dave había sido hallado en la habitación 154 del Motel Hompton Stage en Massachusetts, muerto y descompuesto sobre la cómoda de la decadente estancia. Suicidio tal vez, o heroína, paro cardíaco, cualquier cosa. Amanda no recordaba los detalles.

A veces sus visiones eran pacíficas e irrelevantes, como elegantes equinos voladores que nadaban en su café, pero otras veces veía fragmentos de tiempo que escapaban de su localización correcta. Porciones del pasado que volvían para burlarse de ella, fracciones del futuro que eludían las barreras que lo separan del presente. El tiempo era confuso en su mundo, y la responsabilidad que sentía por culpa de esas odiosas visiones era en ocasiones insoportable. Para la pregunta de si ella podría haber evitado lo de Dave, Amanda no tenía respuesta, después de tantos años. Se seguía martirizando por ello. Le hubiera encantado que Dave le hubiera creído cuando le dijo lo que veía, pero no fue así. Un escalofrío le recorría la espalda cada vez que esas imágenes le venían a la mente, como si de una película se tratase, una película cuyo final le desagradaba más y más.

Caminos que no llevan a nada, así describía su día a día cuando conocía a gente nueva, pero nada más, incapaz de contar la verdad, vivía con ese peso eternamente, y poco a poco se consumía, destruida por su propia mente que daba de beber a la enredadera con espinas de su imaginación.
Rememoró el instituto de su barrio, y aquellos pasillos sin fin repletos de gente gritando, corriendo, pero sobre todo, los baños, su pequeño paraíso, su lugar secreto, donde encontraba la paz cada vez que le quemaban las corneas, cuando estaba cansada de ver lo invisible. Segunda puerta del baño a la derecha, su santuario. Sentada en la taza del váter pasaba las horas, con una pequeña navaja que llevaba en su bolsillo marcaba en la puerta los días, horas, minutos, segundos que pasaba encerrada allí, como si a veces la paz de ese lugar se esfumara convirtiéndolo en su propia cárcel sin salida.

El caballo más negro del enjambre que revoloteaba en torno a la luz del flexo se posó sobre su rodilla. Eran las 21:30. Se permitió a sí misma la licencia de acariciarle las crines. Había terminado el grabado, podría enviarlo al día siguiente y quitarse de encima a su odioso representante por unos días. El encargo había sido inusualmente macabro esta vez, pero a Amanda le daba igual. Se ganaba la vida a base de ricos excéntricos que le encargaban dibujos y grabados de sus más siniestras fantasías, pero no le importaban quienes eran, ni sus retorcidas manías. Su representante se encargaba de todo, ella solo dibujaba y cobraba, nada más. Enrolló el papel y lo guardó en su funda correspondiente. Que Amanda sufría un grave trastorno obsesivo compulsivo era algo que resultaba evidente al contemplar su piso. Nada podía romper la armonía de las líneas rectas. Todo estaba colocado al milímetro, era su particular forma de mantener la cordura.

Las 21:35. No podía soportar dejar el tema del grabado sin zanjar, así que llamó a Bryan.

- ¿Amanda? ¿Qué ocurre, estás bien?
- Si, si, solo quería decirte que ya he terminado el grabado de los conejos, puedo llevártelo cuando quieras
- ¡Ah! Me habías asustado. De acuerdo, ¿Podrías pasarte ahora? Sé que es tarde pero así podría llevárselo al cliente mañana a primera hora, lleva toda la semana preguntándome por el encargo.
- Está bien, llegaré en 15 minutos.

Pudo escuchar una especie de despedida, pero colgó sin esperar a que terminase. Volvió a sacar el grabado de la funda y lo observó por última vez. Representaba una escena en la que una niña pequeña jugueteaba con la cabeza de un conejo mientras el resto del cuerpo se desangraba en el suelo. Cientos de pequeños conejitos danzaban en torno a ella, haciendo filigranas entre el trigo. Todo estaba perfecto. Lo guardó, cogió las llaves del coche y las de casa y se marchó.